miércoles, 11 de febrero de 2009

Misericordias crueles



Misericordias crueles

¿Cómo es que ha podido ser así de cruel?

¿Como se ha mostrado injusto e inclemente
con quien su cariño le entregaba fiel,
con quien fue tan dulce, tierna e inocente?

¿Dónde está lo humano? ¿Dónde lo gentil?
¿Dónde lo cristiano de su corazón,
si con quien lo quiere se muestra tan vil
y no le guardó ninguna compasión?

¿Acaso ha olvidado que a su hogar llegó
a llenar de dicha a su querida gente?
¡Cómo de de este modo ingrato le pagó!
¡Dándole la muerte despiadadamente!

Y ahora se quiere también excusar
diciéndome que ella hacía mucho daño.
¿Qué mal, tan pequeña, podía causar
que le mereciera castigo tamaño?

Que más sufrimiento le quiso evitar
es otro pretexto que pone el malvado.
¿Qué peor sufrimiento se puede encontrar
que morir en manos de quien se ha confiado?

Él puede seguir su vida mucho más
y esperanza tiene de otra todavía,
ella ya no tiene, ni tendrá jamás,
él ya le ha quitado la que poseía.

Quizás, me imagino, muy contenta estaba.
Por fin la sacaban, pensaba, a pasear.
En su compañía tranquila marchaba
pues no sospechaba que él la iba a matar.

Judas Iscariote una razón tenía:
por treinta monedas a Cristo vendió,
pero a él ¿qué motivo fuerte incitaría
al horrible crimen que, ruin, cometió?

¿No notó en el brillo triste de sus ojos
que desesperada le quiso decir:
"¿Qué maldad te he hecho? ¿Te he causado enojos?
¡Perdón! ¡Te suplico, déjame vivir!"?

Él, fiero verdugo, con la sangre fría,
sádico, sus ruegos no quiso atender.
Ya lo dijo el sabio: "De la gente impía,
las misericordias, crueles suelen ser".